Tener convicción, es caminar rápidamente, decidido a cumplir con una meta, un objetivo; es pausar a tiempo antes de tomar cualquier decisión en cumplimiento de cualquier deber.

Sobre la duda en cada persona que se cruza en los caminos de la lucha social: debo admitir que existe una cantidad enorme de personajes con hambre de reconocimiento, de poder, de fama, de ser alguien capaz de acallar las voces de quienes alguna vez dudaron de sus capacidades, y es en esta necesidad constante de un reconocimiento plausible — la dedicación que toma al llegar ahí, a ese estado de presencia, de verte entre la multitud corroborando entre miradas al hombro — tu distinción publica, social, política, o de clase.

Ya como lo mencione en el artículo que forma parte de un ensayo sobre las capacidades del liderazgo latino en Estados Unidos, existe el potencial para crear lideres conscientes y distintos que con la mezcla cultural, la ideología compartida, y más importante la convicción, pueden llegar a realizar cambios notables entre las comunidades, y abatir las injusticias que les aquejan. Pero como en toda intención de progreso lamentablemente existen también limitantes éticas o morales las cuales han formado parte de nuestro hundimiento, retroceso y pérdida de credibilidad — la corrupción, el narcotráfico, los aliados extranjeros, partidos políticos, ONGs, asociaciones, organizaciones, y empresarios que forman parte del panorama del político, luchador social, o periodista latino en estados unidos. Con esto debo aclarar que no es el caso de todos; Cesar Chávez fue y es sin duda alguna nuestro Martín Luther King. Ese Cesar Chávez fue odiado por muchos y amado por la mayoría, un individuo que olvido lo negativo de una cultura sedienta de poder reconociendo que la posibilidad del cambio y la justicia existe en la práctica de la lucha social.

Por muchos años, nuestras comunidades han sido etiquetadas en un conjunto de conceptos limitados — muchos de estos positivos y generalizados, algunos otros negativos e infundados de suposiciones. Esto facilito la adaptación de los colonizadores y sus descendientes en nuestro entorno, cultura, y comunidad. Volvió menos complicados los temores hacia nosotros los desconocidos, víctimas de lo distinto e inaceptable, todo para que ellos pudieran sentirse más seguros de si mismos — más cómodos. A esta causa me gustaría llamarla una derrótate estrategia de inclusión, borrándonos de las maravillas que las plumas y los conocimientos que nos caracterizaban, clasificando en decadencia nuestras culturas en el mundo moderno, ya que al empujar una idea constantemente, forzarla a establecerse sin cambios, sin oportunidad de evolución, desaparición, o lucha, el latino, el Afroamericano, el Indígena o el extranjero que sea cual sea el caso, se rodea de las barreras establecidas obligándose a encajar, a erradicarse generación tras generación, en este moderno pero aceptable sistema social.

Pero siempre hay semillas en este circuito, que crecen y adoptan desde lo más profundo de su consciente una resistencia a cualquier clima, a cualquier sequía. Crecen entre las gritas del concreto en la banqueta de una gran ciudad, en los áridos suelos — entre la desesperanza brotan cuando nadie esperaba ver un poco de color y vida. Crecen sin ser vistos por quienes caminan en esas calles apurados por el tiempo y las cosas por hacer, sin detenerse urgido por la necesidad de hacer dinero y no sentirse mal por su condición social.

Redondo decía en Purépecha — lengua nativa del centro de Michoacán, palabra que en si misma significa gente o persona, en sí una autoafirmación como seres humano y pueblo en general — palabras que se entonaban mientras la música al fondo repatriaba a muchos. Ella hablaba un amor lleno de folklore el corazón de todos los presentes calentaba. Era ese colorido calor que nos representa en todos los lugares en que nuestra mano toca la tierra. Sentaba sus pasos directamente al lugar donde la raíz se fortalece y se nutre, su mirada era parte de una oración que por muchos años nos han arrebatado a tantos hijos de la misma madre. ¡Orgullo!

Éramos todos reconociendo con sonrisas y lágrimas, ese sentimiento, ese valor del valiente en la carta de la lotería, esa bandera, ese sonido que arrojan las enormes ganas de ser feliz, de estar vivo, de ser indio, de ser Mexicano, y sé que la palabra indio ha sido una descripción errada hacia los Nativos e Indígenas de nuestro continente, que ha sido objeto de un uso despectivo, pero ahora siento que por un momento le quiero quitar esa maldad, así entre aplausos se retiró a su lugar, camino, dejando en ese momento toda una imagen inolvidable de una mujer hermosa, no solo por su linda vestimenta que le hacía lucir una belleza color canela, o por el grandioso maquillaje que la hacía brillar, ese momento ella le dejo en los ojos de todos una luz de esperanza, de orgullo, de agradecimiento —algo que se suele olvidar entre los días de pizca donde el cansancio no alcanza para descansar, y el descanso no paga las cuentas — ahí entre esas comillas que pintan la grandeza de nuestra gente como un don aprovechable, que genera, que nos vuelve aceptables ante el temor de los que no logran ver, de los que ni siquiera se molestan en querer hacerlo.

Como lo dijo esta mañana una madre a su hija y a mí de paso: "Debemos empujar a las nuevas generaciones a no temer hablar nuestras madres lenguas, ni dejarlos olvidarse de la verdadera razón por la cual somos pocos los que resistimos."

Es así como la lucha se hereda entre generaciones, con el orgullo de representar lo más hermoso de nuestras culturas, el amor a quienes nos dieron todo sin esperar nada a cambio.

Escuchemos más a nuestros ancianos, y a nuestros jóvenes. Respetemos y sintamos mucho orgullo de todos nuestros colores, sabores, y creaciones.

Inspirémonos en la inspiración de otros que se encuentra en el memento brillante.


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