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Después de la lluvia los árboles agradecidos resplandecen frondosos, mis ojos contemplan variadas tonalidades verdes resultado de la mezcla de las copas de los árboles, en Ciudad de México, en la Colonia Roma, en el parque Río de Janeiro, ahí contemplo el panorama una vez que escampe la lluvia. Desde las jardineras y sus arbustos, hasta el moho de las banquetas, la fauna se erige más fuerte tras el chubasco. Me siento y prendo un cigarro para contemplar la magnificencia del follaje que rodea casi por completo mi vista, que se posa sobre la imponente fuerza de la vida aferrada vez tras vez a la persistencia de una existencia. Y de pronto no sé si los estoy viendo a ellos o me estoy viendo a mí.
"Siempre termino regresando", digo para mí cuando veo con el rabillo del ojo lo que fuera mi primaria a pocos metros del parque.
Durante las últimas dos décadas he tenido algo que hacer cerca de ese parque, algo diferente que me hace venir a menudo. Recuerdo cuando de niña, vestida de uniforme a cuadros azul cielo, me sentaba ahí imaginando lo que esos árboles sabían. Vuelvo a la realidad y contempló pequeños rayos de sol anunciando el fin de la lluvia. Pronto los pájaros salen a celebrar con pequeños trinos y yo me quedo pensando en el mismo pensamiento de mi niñez pero viéndolo eones atrás.
Voy imaginando hacia atrás en el tiempo como si mi imaginación tuviera una cuerda que al tirar de ella fuera desapareciendo las casonas viejas y los edificios y los reemplazara: atrás cuando estaba en la primaria y me iba sola caminando a casa; atrás en 1902 cuando la colonia se fundó en el porfiriato; más atrás cuando la Gran Tenochtitlán mostraba su poderío cubierta de un manto estrellado exento de contaminación y ese lugar era conocido como Aztacalco, un barrio sobre un islote rodeado de canales. Casi puedo imaginar su aspecto, el olor acuoso, el gesto plácido de sus habitantes al contemplar la naciente grandeza mexicana. O hace veinte mil años cuando el agua dominaba y la megafauna retozaba al sol tras la lluvia. O hace 73 millones de años cuando saurópodos andaban libres por la zona allá en el Cretácico. ¿Cuántos momentos atesora la Cuenca de México?
Las aves son el pariente vivo más cercano a los dinosaurios, comparten material genético. Y qué decir del material genético de los árboles que han estado aquí por tanto tiempo sin rendirse. Una conclusión tan incierta como esperanzadora me impele a seguir con la imaginación desatada. Es como si aquellos gigantes que poseyeron la zona lacustre hubiesen tomado la decisión de empequeñecer su mundo para conservarlo sin molestar, pues si se les mira detenidamente, siguen ahí, discretos, moviéndose entre la fauna, igual que antaño. Aún se les escucha rugir (trinar) para darse avisos o llevar una acalorada discusión, en peleas por comida en las banquetas o las orillas de las fuentes, refugiarse de la lluvia y dar diariamente su mejor esfuerzo para hacer lo mismo que el resto de criaturas vivas: sobrevivir.
Un inesperado chubasco no me permite quedarme a contemplar un poco más, pero pienso en el tiempo y voy hilando entre mi historia y la historia, patrones intrincados. Me imagino que el tiempo nos hace pequeños guiños para señalar el camino. Noto pues que las cosas a veces cambian y a veces usan disfraz.
Patrones fractales
Benoît Mandelbrot, el creador de la geometría fractal, describe en su libro The Fractal Geometry of Nature los patrones repetitivos de la naturaleza y demuestra que hay una repetición inalienable de formas y figuras que nos permiten descubrir un mundo subyacente de señales, idioma de la creación de la naturaleza, que van desde las grietas hasta la estructura de la materia, así como la autosimilitud a escala. Y yo me pregunto si el tiempo sigue estos mismos patrones en bucles como el de las aves, y me pregunto si los sigo yo o si los sigues tú.
Guardamos el tiempo, el pasado o el que queremos que esté por pasar. Lo guardamos ya sea en la memoria o en la imaginación. Coleccionamos los momentos clasificándolos por tipos: algunos, muy especiales, los atesoramos; otros tantos los colocamos por ahí; y otros más los refundimos lejos, fuera de nuestra vista. ¿Qué clase de momentos atesoramos? ¿Qué momentos quiero conservar y repetir ad infinitum? Noto con asombro que quizá yo misma esté siguiendo un patrón fractal.
¿Si pudiera guardar ese tipo de tiempo, cómo se vería? ¿Cómo se verían los momentos que alberga la Cuenca de Ciudad de México? ¿Cómo se verían los míos? ¿Cómo se verían los tuyos?
Descubro que tengo una inclinación importante a atesorar y repetir, como un tambor cuyo ritmo me embriaga, me seduce y me mueve, sujeta a sus percusiones. Estos momentos que sigo creando y almacenando son los que quiero que relaten mi existencia. ¿Qué quiero seguir repitiendo? Reflexiono durante los días venideros a ese pensamiento y me zambullo en una introspección de la que no salgo sino hasta varios días después.
Hoy me despierto escuchando el trino de las aves. Las miro desde el ventanal de mi casa piando más fuerte que de costumbre y siento que me hacen un guiño, pues aprendí la lección. Me doy cuenta al fin que quizá no he perdido lo que creo que he perdido, sino que he logrado transformarlo en un tesoro discreto como el que esconden las copas de los árboles. Me decido a repetir y almacenar ahora de manera consciente y selectiva, pues he comprendido cuáles son los bucles que quiero.
Y tú, ¿ya sabes cuáles son los tuyos?
English translation
After the rain, the grateful trees shine lush. My eyes contemplate various green hues resulting from the blend of treetops in Mexico City's Colonia Roma neighborhood, at Río de Janeiro Park, where I observe the panorama once the rain clears. From the planters with their shrubs to the sidewalk mold, life emerges stronger after the downpour. I sit down and light a cigarette to contemplate the magnificence of the foliage that almost completely surrounds my view, resting upon the imposing force of life clinging time and again to the persistence of existence. And suddenly I don't know if I'm seeing them or seeing myself.
"I always end up coming back," I say to myself when I glimpse from the corner of my eye what used to be my elementary school just meters from the park.
For the past two decades, I've had reasons to come to this park often. I remember sitting there as a child in my sky-blue plaid uniform, imagining what those trees knew. I return to reality and observe small sunbeams announcing the end of the rain. Soon birds come out to celebrate with little trills, and I remain thinking the same thoughts of my childhood but seeing them eons back.
I imagine going backward in time as if my imagination had a rope that, when pulled, would make the old mansions and buildings disappear and replace them: Back when I was in elementary school walking home alone; back to 1902 when the neighborhood was founded during the Porfiriato; further back when Great Tenochtitlán displayed its might under a starry mantle free from pollution and this place was known as Aztacalco, a neighborhood on an islet surrounded by canals. I can almost picture its appearance, the watery smell, the placid expression of its inhabitants contemplating Mexico's nascent greatness. Or twenty thousand years ago when water dominated and megafauna frolicked in the sun after the rain. Or 73 million years ago when sauropods roamed freely through the area during the Cretaceous. How many moments does the Valley of Mexico hold?
Birds are dinosaurs' closest living relatives; they share genetic material. And what about the genetic material of trees that have been here so long without surrendering? A conclusion as uncertain as it is hopeful compels me to continue with unleashed imagination. It's as if those giants who once ruled the lacustrine zone had decided to shrink their world to preserve it without disturbance, because if you look closely, they're still there, discreet, moving among the fauna, just as in old times. You can still hear them roar (chirp) to give warnings or engage in heated arguments, fighting for food on sidewalks or fountain edges, taking shelter from rain, and making their daily best effort to do what all living creatures do: survive.
An unexpected downpour doesn't let me stay to contemplate longer, but I think about time and begin weaving between my story and history, intricate patterns. I imagine time giving us little winks to show the way. I notice then that things sometimes change and sometimes wear disguises.
Fractal patterns
Benoît Mandelbrot, creator of fractal geometry, describes in his book The Fractal Geometry of Nature the repetitive patterns in the natural world and demonstrates that there's an inalienable repetition of shapes and figures that let us discover an underlying world of signals, nature's language of creation, ranging from cracks to the structure of matter, as well as self-similarity at scale. And I wonder if time follows these same patterns in loops like birds do, and I wonder if I follow them or if you do.
We keep time — the past or what we want to happen — stored either in memory or imagination. We collect moments by sorting them into types — some, very special, we treasure; others we leave around; and others we banish far away, out of sight. What kind of moments do we treasure? Which moments do I want to keep and repeat ad infinitum? I notice with amazement that perhaps I myself am following a fractal pattern.
If I could store that kind of time, what would it look like? What would the moments held by the Valley of Mexico look like? What would mine look like? What would yours look like?
I discover I have an important inclination to treasure and repeat, like a drum whose rhythm intoxicates me, seduces me and moves me, subject to its percussions. These moments I keep creating and storing are what I want to narrate my existence. What do I want to keep repeating? I reflect on this thought in the coming days and dive into introspection from which I don't emerge until several days later.
Today I wake up to birdsong. I watch them from my window chirping louder than usual and feel they're winking at me, for I've learned the lesson. I finally realize that perhaps I haven't lost what I thought I'd lost, but have managed to transform it into a discreet treasure like those hidden in treetops. I decide now to repeat and store consciously and selectively, for I've understood which loops I want.
And you, do you know which are yours?
Sara Batalla nació en la ciudad de México en 1989, y sus primeras historias surgieron del insomnio que padecía. Después de estar cerca de la muerte y posteriormente ganar un concurso de novela, decide que quería dedicarse a escribir y vivir de ello.
Sara Batalla was born in Mexico City in 1989, and her first stories arose from the insomnia she suffered. After coming close to death and subsequently winning a novel contest, she decided that she wanted to dedicate herself to writing and make a living from it.
Este artículo es presentado por El Vuelo Informativo, una asociación entre Alcon Media, LLC y Tumbleweird, SPC.
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