Exposición sobre el impacto del COVID-19 en la comunidad latina / Exposé on the social and economic impact of COVID-19 on the Latino community

Como sabemos los últimos años inesperadamente fueron una de las etapas mundiales que más nos han impactado como especie en la reciente era. El COVID llegó para quedarse, y así muchos de los males de nuestra administración política global que pasaban desapercibidas relucieron a la superficie: grandes mentiras, decadencias, la ineficiencia en las instituciones, y una guerra de los medios de comunicación fueron parte del mal necesariamente expuesto inevitablemente.

La administración que se encargó de combatir el virus, de evitar el estancamiento de los mercados, y calmar a toda costa el caos de las comunidades, jugó un papel casi mediocre en su intento de cubrir las estadísticas y la realidad. Sin embargo, no solo la falta de liderazgo, sino que también la división social y política que experimentamos en esos tiempos, ayudó a que se expandiera más esta enfermedad, obstruye el camino al trabajo social que buscaba acortar las brechas de la injusticia hacia a las verdaderas víctimas del juego geopolítico.

Desde mi punto de observación y análisis, logré apreciar algunas de las etapas que confirmaban los estudios realizados por varios de los analíticos sociales. El sector salud en los Estados Unidos es una de las instituciones más prolíficas de todo el continente americano. Al ser este un sector privado se limita la cobertura para ciertos sectores de la población. Los más afectados siempre son el sector obrero.

Esta ocasión nos encapsulamos en las experiencias de la comunidad latina del noreste de Washington, y otras comunidades al sur de la costa oeste, en un pequeño sector que fue el motor de la catarsis momentánea — proveedores de servicios esenciales quienes cosecharon, cocinaron, repararon, y fungieron como base de resistencia en la economía del país.

Estas son historias reales de trabajadores afectados por la pandemia.

Photo by Avi Richards on Unsplash.

Se levantaba a las tres de la mañana, los perros ladraban a su salida. La línea en la garita Mexicali Calexico se llenó, Cachanillas afortunados que brindan el pan a su hogar entre chequeos de temperatura, riesgosas de no lograr cruzar si su calor corpóreo cruzaba los límites requeridos para estar seguros. Quienes cruzaban subían a los rateros, esos que daban aventón a los trabajadores hacia los campos de lechuga en mesa, la sandía en Coachella, y todo el valle imperial. Las máquinas se encienden, y los enormes campos verdes de legumbres se llenan de figuras más oscuras que se pintan de persona al amanecer. Entre más alumbra el sol más caliente él y sofocante se vuelve la labor. La máscara, medida requerida, se torna una molestia.

Las radios suenan con los éxitos del momento. “Son las nueve de la mañana y el lonche está en las hieleras. Recuerden protegerse del COVID” — dice los anuncios sobre el virus mortal que lleva miles de personas infectadas y cientos otros fallecidos. Al parecer la desinformación en la frontera del país era menos evidente ya que los medios mexicanos tenían el alcance necesario.

En Los Ángeles California, julio daba asomos de llegar en una soledad suscitada, en la verdad de ver a los oficinistas en esta nueva normalidad. María ordena a las 9:35am desde la palma de su mano directamente desde cualquier aplicación — comida, ropa, bebidas, marihuana, y hasta movidas. Raúl llega y toca el timbre, dejando la bolsa de panda express sin la posibilidad de recibir siquiera un gracias, una propina, o alguna interacción. Raúl viaja solo en el freeway, con solo un par de carros para el tráfico local al cual están acostumbrados. Fue una total oportunidad de sentir libertad.

Hace poco meses que la pandemia abrió los caminos a los repartidores de Uber, DoorDash, camiones de Amazon acarreando el papel higiénico, los kits de ejercicio en casa, mascotas y personas. Suena su teléfono un pequeño beat alerta su siguiente parada en Pico Rivera: una orden de 30 pupusas de La Alegría, un negocio local que desde el encierro dejó sin trabajo a la mitad de los empleados. Pero los dueños ganaron mucho para aumentar sus órdenes y disminuyendo su personal.

Raúl toca la mesa diseñada para que los repartidores, lleguen y se vayan sin contacto directo con Luis el cocinero, que emigró y realizó su sueño de poner una pupusería en Estados Unidos, Luis, el dueño del restaurante, está cansado; lleva dos turnos seguidos cuatro veces a la semana. Su esposa Amira le ayuda en la preparación y su sobrina Catarina le ayuda el resto de los días. Es un negocio pequeño y familiar, que trata de sobrevivir, que trata de no perder el ánimo, de continuar pagando sus deudas y servicios.

No toman ningún riesgo ya que si alguno de ellos les tocará la desgracia de enfermarse La alegría desaparecería. Un enfermo significaría el cierre total y la posibilidad de perder a algún miembro de la familia, pero Luís toma las medidas precautorias. Su compadre Mario perdió a su hija Sara, ahí fue cuando reconoció que aquel 'virus chino' era una cosa verdadera.

Las máscaras que adornan la entrada, el gel antibacterial hecho de vodka, y los stickers de distancia son parte ya de la decoración necesaria, casi obligada para cualquier restaurante.

Fue Luís, uno de los pocos sobrevivientes de los negocios latinos, pero como lo dice, fue por ayuda del Señor y su familia que nunca se enfermó. Dice que los problemas que la vida le da son porque tiene que probar su fe, pero no sabe que las grandes corporaciones sobrevivieron gracias a los apoyos económicos federales a los cuales él jamás pudo tener accesibilidad. Jamás tuvo el conocimiento de que existía cosa alguna como un ‘relieve’ si él apenas habla español. Dice que muchas organizaciones tuvieron el dinero para apoyar, pero ninguna en realidad de acercar a muchos de los necesitados; o si lo hicieron fue través del televisor o alguna red social... pero dime tu quien se sienta a ver televisión o checar el celular cuando las deudas y el temor de perderlo todo te inunda la mente.

So, a las 11 p.m., Raúl regresa a casa agotado. Siente la temperatura aumentando en su cuerpo de segunda clase pero lo ignora, y toma el control remoto del televisor inteligente. Una luz blanca parpadeando de un anuncio sobre quedarse en casa lo pone a meditar, siente la molestia en su garganta escurrir por el miedo a tener que lidiar con no tener seguro médico. La renta sube, la comisión es escasa, la gasolina no rinde, y todo lo demás está lleno de limitaciones especiales. Reparte comida porque fue lo más seguro, pero que este en la calle no le exenta del temor de adquirir el virus. Su hermano mayo lo tiene y se encuentra enfermo en una camilla que le cuesta por día casi 500 dólares. El bolsillo duele más que el virus. Da miedo regresar a casa y no poder pagar nada, en un mundo donde trabajar es más riesgoso, y no hacerlo es ser echado a la jungla de concreto.

Abre su gabinete, toma un frasco de Tylenol, pone solo una dentro de su boca — hay que racionar; aunque necesite tres, solo toma una. Tal vez sea inútil e ilógico pero una mente agotada y enferma no sabe de razón u objetividad; el cuerpo solo actúa de manera que ni una de las cosas que le tienen al borde de llorar lo agoten por completo. Hay que levantarnos a las seis de la mañana y seguir cumpliendo con los pagos.

Raúl despierta temprano. Son las 6, la cabeza ya no le duele y eso le quita el estrés. La rutina del día comienza: la resolana, una ciudad dormida, y una nueva oportunidad. Su podcast favorito comienza con un anuncio de la mejor segura médica, alguna de la first class.

Las noticias anuncian el cierre de las fronteras. Es una pena para los que se alimentaban de lechuga, naranja, sandía, y lo demás. En los mercados, decían que se colapsaba, que la comida estaba en crisis de no poder llegar. Lola es una de las trabajadoras afectadas por el cierre de la frontera. Además de conducir un tractor, conduce camiones. Su padre, que fue troquero de la costa del pacifico, le enseñó como controlar los cambios y cómo detener adecuadamente.

Su esposo hablaba con temor a perderla por siempre. Lola dejó a su hijo y viajó a Arizona donde la escasez de camioneros limitaba la industria del transporte. Nació en San Luis Río, Colorado, pero su abuelo, que invirtió en ella, la mandó al norte cuando era más joven antes de casarse, para que se certificara y pudiera manejar por esos caminos. Su esposo quedó parado sin poder cruzar la frontera por el cierre de emergencia. La sandía se quedaba en manos de los locales, y el sin empleo nuevamente. No habían juntado lo suficiente para sobrevivir los próximos meses así que Lola decidió tomar un autobús a Phoenix.

No todas las comunidades migrantes viven en los Estados Unidos. En el caso de la frontera mexicana con estados unidos desde baja california norte hasta Nuevo León, existen familias que viven día a día de cruzar la frontera en las mañanas para traer unos pocos dólares de regreso a casa, eso mejor que trabajar por unos pesos. Pero el cierre de esta frontera por la emergencia de salud, trajo decadencia económica obligando que mudarse y separarse por un tiempo para que sus familias no mueran de hambre. Hay quienes cruzaron a trabajar y no volvieron. El virus también mató a algunos.

Photo by Lora Moore-Kakaletris on Unsplash

Lola pasa de un lado a otro, llegando hasta Pasco donde recogerá varias libras de espárrago local. Dentro de la granja, un millón de hormigas trabajan sin parar. El proceso comienza muy temprano en los campos que están llenos de palitos verdes y morados. El paisano está agachado todo el rato y el sol a veces es sofocante. Llenan su cajita cortando con la pica, dan pasos en una tierra ajena pero bien trabajada, caminan a los camiones llenos de tierra con las ventanas cerradas. El gabacho que maneja es alérgico al polvo y tiene aire acondicionado, suben las toneladas emanando de los campos áridos empapados de sudor.

Va repleto tambaleando con algunas cajas, el camión llega y un par de jóvenes con mangueras mojan el montón, lo limpian le pasan al lavado, lo operan a mano, y le dan su lugar. La máquina (que aún requiere de la gente) opera a una velocidad que obliga a trabajar con eficiencia. El frío es también parte del evento; los refrigeradores de empaque llegan a tener temperaturas bajo cero, y así el espárrago llega a nuestras mesas y parrillas como un producto de lujo.

Lola estuvo detenida por varios días en esta ciudad soleada donde la gente aún salía a las calles, donde las máscaras hechizas de los empleados con alguna tela elaborada a mano eran usadas para el control del virus. Tardaban por la falta de personal. Se enfermaban algunos cuantos, pero tratan más. Más de 700 personas entraban, salían, trabajaban ahí, o solo iban de pasada. Las medidas aumentaban y los riesgos también, pero a quién le importa la palabra riesgo cuando lo que se arriesga es solo un montón de gente sin papeles. Es mejor eso que perder nuestra posición de superioridad económica o social.

Lola regresó a casa, y mucha gente murió en esta ciudad. Las tasas de vacunación aumentaron sólo cuando se logró entender que para la comunidad latina es necesario una estrategia muy distinta de acercamiento.

Fueron muchos los factores que afectan a nuestra comodidad; la desigualdad social es una de las más culpables. Se podría hacer mención sobre el abuso laboral, que obliga a la gente a quedarse callada y aceptar morir en silencio, o rezando a dios no tener ningún problema, porque de alguna manera u otra creemos que nuestras necesidades básicas son problemas para otros.

Yo conozco muy bien el valor de nuestra gente, de su humildad y de su orgullo, ya sea Mexicano, Colombiano, Salvadoreño etc. El latino sufre de una falta de información adecuada, de una ignorancia del cómo se le debe de acercar para que él pueda confiar plenamente. El migrante no se siente parte del sistema; el migrante el extranjero no se siente tan seguro como creen que uno se debe de sentir. En esta pandemia se demostró cómo es que debemos resignarnos a aceptar que por mucho que ofrezcamos a este país su gente seguirá tratándonos como tratan a un ser inferior y sin valor.

El coronavirus mató a muchos pero a otros nos dejó más vivos, más conscientes, más deseosos de cambiar las cosas, de luchar, de unirnos. El virus nos quitó una venda en los ojos. También hizo que otros, que no pertenecen a nuestra comunidad, se preocupen por nosotros. Abrió al debate la realidad de que el latino no fue a consecuencia de una enfermedad; estamos afectados desde que nos dejó lidiar solo con un problema que es de todos.

La desunión y el abandono.


(Translation by Ramiro Alvarez)


As we know, the last few years were unexpectedly one of the world stages that have most impacted us as a species in recent times. COVID is here to stay, and so many of the ills of our global political administration that went unnoticed rose to the surface: big lies, decadence, inefficiency in institutions, and a media war were part of the evil necessarily, inevitably exposed.

The administration that was in charge of fighting the virus, avoiding the stagnation of the markets, and calming the chaos of the communities at all costs played an almost mediocre role in its attempt to cover the statistics and the reality. However, not only the lack of leadership, but also the social and political division that we experienced in those times, helped this disease to spread further. It obstructed the path to social work that sought to bridge the gaps of injustice towards women, true victims of the geopolitical game.

From my point of observation and analysis, I managed to appreciate some of the stages that confirmed the studies carried out by several of the social analysts. The health sector in the United States is one of the most prolific institutions in the entire American continent. As this is a private sector, coverage is limited for certain sectors of the population. The most affected are always the labor sector.

In the accounts below, we encapsulate ourselves in the experiences of the Latino community in Northeast Washington, and other communities on the Southwest Coast, in a small sector that was the engine of momentary catharsis — essential service providers who harvested, cooked, repaired, and served as a base of resistance in the country's economy.

These are real stories of workers affected by the pandemic.

He gets up at three in the morning. The dogs bark on his way out. The line at the Mexicali Calexico port is filled with lucky Cachanillas who provide bread to their homes between temperature checks, risking not being able to cross if their body heat crosses the limits required to be safe. Crossers pick up pickpockets, the ones who give workers lifts to the fields of lettuce, the watermelon in Coachella, and the entire Imperial Valley. The machines turn on, and the huge green fields of vegetables are filled with darker figures that are painted as a person at dawn. The more the sun shines, the hotter and more suffocating the work becomes. The mask, a required measure, becomes a nuisance.

The radios play the hits of the moment. “It's nine in the morning and the lunch is in the coolers. Remember to protect yourself from COVID” — says the ads about the deadly virus that has infected thousands of people and killed hundreds of others. Apparently, the disinformation on the country's border has been less evident since the Mexican media has had the necessary reach.

Elsewhere, in Los Angeles California, July seems to arrive in increased loneliness, in the truth of seeing office workers in this new normality. Maria orders at 9:35 a.m. from the palm of her hand directly from any app — food, clothes, drinks, marijuana, and even movies. Raúl arrives and rings the bell, leaving the Panda Express bag without the possibility of even receiving a thank you, a tip, or any interaction. Raúl travels alone on the freeway, with only a couple of cars instead of the local traffic they are used to. It is a total opportunity to feel freedom.

A few months ago, the pandemic opened the roads to delivery drivers from Uber and DoorDash, Amazon trucks carrying toilet paper, home exercise kits, pets, and people. Raúl’s phone rings, a little beat alerts him to his next stop in Pico Rivera: an order of 30 pupusas from La Alegría, a local business that has left half of its employees jobless since the confinement of the pandemic. But the owners gained a lot by increasing their orders and decreasing their staff.

Raúl touches the table designed so that the delivery men arrive and leave without direct contact with Luís the cook, who emigrated and fulfilled his dream of opening a pupusería in the United States. Luís is tired; he works two shifts in a row four times a week. His wife Amira helps him with the preparation, and his niece Catarina helps him the rest of the days. It is a small family business, trying to survive, trying not to lose heart, to continue paying its debts and services.

They do not take any risk because if any of them were to have the misfortune of getting sick, their joy would disappear. A sick person would mean complete closure and the possibility of losing a member of the family, but Luís takes precautionary measures. His compadre Mario lost his daughter Sara; that's when he recognized that the 'Chinese virus' was a real thing.

The masks that adorn the entrance, the antibacterial gel made from vodka, and the distance stickers are already part of the necessary decoration, almost mandatory for any restaurant.

Luís has one of the few surviving Latin American businesses, but as he says, it was because of the help of the Lord and his family that he never got sick. He says that the problems that life gives him are because he has to prove his faith, but he doesn't know that the big corporations survived thanks to the federal economic support that he was never able to access. He never had the knowledge that there was such a thing as a ‘relief’ if he barely speaks Spanish. He says that many organizations had the money to support, but none really to bring many of those in need closer; or if they did it, it was through the television or some social network... but tell me, who sits down to watch television or check the cell phone when debts and the fear of losing everything flood your mind?

At 11pm, Raúl returns home exhausted. He feels the temperature rising in his second-class body but ignores it, reaching for the smart TV remote. A flickering white light from a

stay-at-home ad makes him ponder, feeling the discomfort in his throat drain from the fear of having to deal with not having health insurance. The rent goes up, the commission is low, the gasoline doesn't pay, and everything else is full of special limitations. He distributes food because it is the safest thing to do, but being on the street does not exempt him from the fear of acquiring the virus. His older brother has it and is sick on a stretcher that costs almost $500 a day. The pocket hurts more than the virus. It is scary to return home and not be able to pay anything, in a world where working is riskier, and not doing it is being thrown into the concrete jungle.

He opens his cabinet, grabs a bottle of Tylenol, puts just one in his mouth — you have to ration; even if you need three, just take one. It may be useless and illogical, but an exhausted and sick mind does not know reason or objectivity; the body only acts in such a way that not one of the things that has it on the verge of tears completely exhausts it. We have to get up at six in the morning and continue making payments.

Raúl wakes up early. It's 6 o'clock, his head no longer hurts, and that takes away the stress. The routine of the day begins: sunshine, a sleepy city, and a new opportunity. Your favorite podcast starts with an ad for the best health insurance, something first class.

The news announces the closing of the borders. It's a shame for those who ate lettuce, oranges, watermelons, and the rest. In the markets, they said that it was collapsing, that the food was in crisis of not being able to arrive. Lola is one of the workers affected by the closure of the border. In addition to driving a tractor, she drives trucks. Her father, who was a trucker on the Pacific coast, taught her how to control gears and how to stop properly.

Her husband fears losing her forever. Lola left her son behind and traveled to Arizona where a shortage of truckers limited the trucking industry. She was born in San Luís Río, Colorado, but her grandfather, who invested in her, sent her north when she was younger before they got married, so she could get certified so she could drive on those roads. Her husband was left unemployed, unable to cross the border due to the emergency closure. The watermelons remained in the hands of the locals, and the jobless again. They hadn't earned enough to survive the next few months, so Lola decided to take a bus to Phoenix.

Not all migrant communities live in the United States. In the case of the Mexican border with the United States, from northern Baja California to Nuevo León, there are families who make a living from crossing the border in the morning to bring a few dollars back home, which is better than working for a few pesos. But the closure of this border due to the health emergency brought economic decline, forcing them to move and separate for a while so that their families do not starve. There are those who crossed for work and did not return. The virus also killed some.

Lola goes from one place to another, arriving in Pasco where she will pick several pounds of local asparagus. Inside the farm, a million ants work nonstop. The process starts very early in the fields that are full of green and purple sticks. The countrymen are crouched all the time and the sun is sometimes suffocating. They fill their little boxes by cutting with the spade, they take steps on foreign, well-worked land, they walk to the trucks full of soil with the windows closed. The vehicle he drives has air conditioning, filling the cab with tons of dust emanating from the arid, sweat-soaked fields.


It is staggeringly full of boxes. When the truck arrives, a couple of young men with hoses wet the pile, clean it, pass it to the wash, operate it by hand, and give it its place. The machine (which still requires people) operates at a speed that forces it to work efficiently. The cold is also part of the process; packinghouse refrigerators reach sub-zero temperatures, and thus asparagus reaches our tables and grills as a luxury product.

Lola was detained for several days in this sunny city where people still went out on the streets, where the employees' masks made of some handmade fabric were used for control of the virus. They were late due to lack of staff. A few got sick, but they treated more. More than 700 people entered, left, worked there, or just passed by. The measures increased and the risks too, but who cares about the word risk when what is at risk is just a bunch of people without papers. That is better than losing our position of economic or social superiority.

Lola returned home, and many people died in this city. Vaccination rates increased only when it was understood that a very different approach strategy is necessary for the Latino community.

There are many factors that affect our quality of life; social inequality is one of the most prevalent. Mention could be made of labor abuse, which forces people to keep quiet and accept death in silence, or praying to God not to have any problems, because in one way or another we believe that our basic needs are problems for others.

I know very well the value of our people, their humility and their pride, whether Mexican, Colombian, Salvadoran, etc. The Latino suffers from a lack of adequate information, from an ignorance of those in power regarding how he should be approached so that he can fully trust. The migrant does not feel part of the system; the foreign migrant does not feel as safe as they think one should feel. This pandemic showed how we must resign ourselves to accept that no matter how much we offer this country, its people will continue to treat us as they treat an inferior and worthless being.

The coronavirus killed many but left others more alive, more aware, more eager to change things, to fight, to unite. The virus took a blindfold from us. It also made others, outside of our community, care about us. It opened to debate the reality that the Latino was not the result of an illness; we are affected since we have been left to deal alone with a problem that belongs to everyone.

Divided and abandoned… The Forgotten.


UlisesYairNavarro
Instagram: @ulisesyairnavarro