Del amor al ser

En los estudios del amor, el filósofo español José Ortega y Gasset nos monta una introducción al ser, al individuo portador del verbo amar—oblicuo, impasible, estoico, y reflexivo.

En la connotación de este autor, un ser común pero inalcanzable, denota la ilusión de una reacción casi perfecta ante los ojos de la propia naturaleza instintiva.

El utópico ser que se pinta como la querencia sin mancha del que quiere amar y ser amado, y perdurar matemáticamente en el juego romántico, se torna cada vez más lejano, dejando de lado la realidad en que el ser humano se ha mantenido.

Los sentimientos son ruinas antiguas—bestias salvajes que logran coexistir entre sí mismos, pero sin presentar mediación ante nuestras acciones.

Menciona también Gasset, que el amor inteligente es el verdadero núcleo del sentimiento estético de la vida. Pero en el amar, todo método es variante e inestable, ya que la distribución de resultados es constante y su objetivo es el de mostrar la intensidad en cada acción.

Así que al subir el telón que deja al desnudo al uno, que es el ser, pasando el efecto mágico del reconocerse, y reconocer el sentimiento tal cual, se llega al pánico escénico. ya sin guion se pierde el papel; y temerosos, no sabemos dar sucesión ni continuidad al proceso amoroso.

Es aquí cuando la rendición cae ante los pies de cualquier dramatismo, por el hecho de no sobrevenir el ser esencial y el deseado.

Delincuencia es una palabra que proviene de una necesidad meramente de seguridad englobada. Delincuente es aquel que por necesidad delinque (o como dijo el subcomandante Marcos, todo el que no cree es delincuente).

Los conflictos del querer, provenientes de la necesidad, los apegos, creencias, y todo lo que nos lleve a decaer en los cumplimientos adecuados de esta acción, ameritan ser cuestionadas hasta el punto de modificar nuestro concepto—madurando la misma palabra sin generar expectativas. Y así la palabra amar o amor, no contenga humanidad; es solo un sonido que genere paz y tranquilidad sin lucro, como la palabra Dios o algún mantra.

Al encontrar que no hay estrategia más indicada que la de ser quien uno es, moderando sus ideas y planteando sus límites, entregamos una oportunidad distinta de introducción e introspección.

Hay que convertirse en alguien sin dejar de ser uno.

Y así sin devaluar la coexistencia, turbar las conexiones, o brindando sin apego apoyo, dos polos iguales generan energías. La palabra se puede decir es igual de importante que el escuchar. En el amor se necesita dejar de ignorar la felicidad de la soledad compartida.

Sin conclusiones aún; este ensayo que comenzó en un libro, y terminó en una clase de complemento para mi próximo viaje a las Plantas en mi cabeza, continuará como soliloquio.


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